El diario de Ana Frank es, junto a la Biblia, uno de los más vendidos en la historia de la humanidad. La dramática historia del nazismo vivida en primera persona por una niña de apenas 15 años ha sido quizá el legado más poético y aleccionador que pudo dejarnos la masacre más devastadora de la historia moderna.

Sin embargo, se sabe que el diario no se difundió como tal en su fecha de publicación y que se retiraron algunos fragmentos por parte de su padre, que fue la única persona de la familia que logró sobrevivir al genocidio nazi. Y es que, en un mundo gobernado aún por la homofobia, era muy claro que no podría haberse traducido a los más de 70 idiomas ni habría tenido tanto éxito a nivel universal si en sus páginas se reconocía que la protagonista de la historia, una joven adolescente judía, era lesbiana.

Hacia el verano de 1942 Ana y su familia se ocultaron en una casa situada en Amsterdam junto a otras dos familias más y cerca de la oficina de su padre. Su escondite fue descubierto dos años después y las autoridades alemanas los llevaron de inmediato a un campo de concentración.

Después de todos los traumas y dolores que tuvo que experimentar aquella pequeña Ana Frank, habría sido un gesto más justo y honorable haber dejado la historia tal y como era. Además tal y como ella quería que se hubiese publicado. Entre sus páginas no sólo podemos encontrar a una pequeña tratando de entender las terribles dimensiones que es capaz de adoptar el odio humano, sino también una adolescente que se está conociendo a sí misma en medio de una de las mayores catástrofes de la historia. Una adolescente que además se asumía lesbiana y se aceptaba a sí misma de una forma realmente bella.

El 6 de enero de 1944, Ana escribió «ayer leí un artículo sobre sonrojarse escrito por la Hermana Heyster. Parecía que lo hubiese escrito para mí… Cuando llegué a este lugar había cumplido 13 años, desde entonces empecé a pensar sobre mí y llegué a darme cuenta de que me había convertido en una ‘persona independiente’ más pronto de lo que lo podían haber hecho otras niñas. A veces, cuando descanso en mi cama por las noches, siento una imperiosa necesidad de tocar mis senos y de escuchar el relajante y constante latido de mi corazón. Inconscientemente he tenido este tipo de sentimientos incluso desde antes de llegar aquí. Por ejemplo, una vez estuve pasando la noche junto a Jacque. No podía continuar negando la curiosidad que sentía sobre su cuerpo, el cual ella siempre me escondió y el cual jamás logré ver. Le pregunté, como una prueba a nuestra amistad, si podíamos tocarnos los senos la una a la otra. Ella se negó. Además también tuve un enorme deseo de besarla, y así lo hice. Cada vez que veo un desnudo femenino, como la Venus de mi libro de historia del arte, llego al éxtasis. A veces las encuentro tan exquisitas que debo luchar conmigo misma para contener mi lágrimas. ¡Ojalá tuviese una novia!».

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Jacque (Jacqueline van Maarsen) ha hecho declaraciones acerca de esto: «Ella y yo mantuvimos una relación cercana y yo adoraba estar con ella; pero ella era demasiado exigente y yo no sabía cómo lidiar con eso. Siempre tuve que estar demostrándole que éramos las ‘mejores amigas’. Sus apasionadas declaraciones de amistad fueron demasiado para mí muchas veces. Más tarde logré hacer nuevos amigos y ella siempre sentía celos y estaba triste. Años después leí lo que escribió sobre mí en su diario. Pero antes de que ella y su familia se escondiesen pude decirle dónde estaban mis límites. Ella ante mis decisión, lo aceptó».

Jacqueline van Maarsen en la actualidad

En otro fragmento del diario, también escrito el 6 de enero de 1944, dice «mis ganas de estar con alguien con quien hablar se ha convertido en algo tan insostenible que, de alguna forma, se me ha metido en la cabeza la idea de escoger a Peter en ese rol. No debes pensar que estoy enamorada de Peter porque no lo estoy. Si los van Daan hubiesen tenido una hija en vez de un hijo, habría intentado ser amiga de ella». (van Daan fue el pseudónimo que Ana Frank decidió emplear para hablar de la familia Van Pels).

El 6 de marzo de 1944, Ana reconoció que su historia con el hijo de los Van Daan fue fruto del aburrimiento y no porque realmente se sintiese atraída por él: «Estoy contenta de que después de que los Van Daan tengan un hijo y no una hija; mi conquista no haya sido tan difícil, hermosa, buena, si es que no pasaba en ligar con alguien del sexo opuesto».

A pesar de que muchos pasajes se centren en otra realidad, las palabras que fueron censuradas dicen cosas muy significativas. Por ejemplo, que sentía un éxtasis al ver a una mujer desnuda y que incluso tenía que sostenerse las lágrimas.