Recuerdo que en el pasado, cuando veía publicaciones sobre el Día Nacional de la Salida del Armario en redes sociales, experimentaba una gran cantidad de sentimientos encontrados. De alguna manera, me molestaba que algunas personas compartiesen ese tipo de publicaciones sólo para llamar la atención. Me negaba y me negaba a mí mismo la importancia de ese día y la necesidad de que existiese. Me decía que un acontecimiento como el de salir del armario no merecía ser reconocido. En el fondo sentía miedo.

Miedo de que, por mucho que intentase durante toda mi vida cambiar mis pensamientos, mis deseos o atracciones, al final acabase siendo igual que todas aquellas personas que compartían ese tipo de publicaciones. En realidad, sentía celos de que se les permitiese a esos gays “abiertos y orgullosos” (e incluso se les incitara) a vivir sus vidas con autenticidad, a ser ellos mismos.

Pero a la vez no podía evitar sentirme inspirado por la valentía que mostraban para vivir su verdad sin verse afectados por las consecuencias de todo aquello. A lo largo del tiempo, esos pensamientos crearon una fractura entre aquello que soy y aquello que aparentaba ser. Esa fractura se hizo especialmente difícil de soportar a medida que los años iban transcurriendo.

De pequeño me enseñaron a vivir de una forma determinada, bajo unos preceptos impulsados por la Iglesia. Según sus normas, debía seguir una determinada fórmula para alcanzar la felicidad plena, experimentar satisfacción y una realización completa. Fue ese contexto y ese objetivo último que intentaba alcanzar incansablemente, lo que generó un círculo infinito que me generó inestabilidad emocional, una baja autoestima y la sensación de ser insuficiente y fracasado.

Me lanzó al miedo, a la ansiedad, a la depresión. Hasta unos niveles que son difíciles de definir. Comenzaron a formarse capas de pensamientos reprimidos, sentimientos reprimidos y una negación que me llevaron a tomar decisiones que perjudicarían las vidas de terceras personas.

Pero todo eso cambió el 2 de mayo de 2018. Mi entonces esposa, con la que estaba casado casi diez años, me llamó al trabajo y me dijo: “Cameron, he encontrado algo en tu iPad. ¿Quieres confesarme algo?“. En aquel momento sentí cómo se hundía mi corazón y supe de qué estaba hablando. A lo largo de los años, antes de aquella llamada, cubría mis deseos e impulsos viendo pornografía gay en internet. No era algo muy habitual. Quizá lo hacía cada cuatro o siete meses. A veces sólo una vez al año. Pero cada vez que lo hacía, me invadía una sensación de culpa y vergüenza que me hacían evitar repetirlo. No era justo para ella. Pero tampoco era justo para mí.

Hubo incluso algunas veces en las que me preguntó “Cameron, ¿eres gay?”. Nunca encontré el valor, la madurez o la conciencia suficientes para admitirlo. Y estaba convencido de que lo que me estaba ocurriendo era que en realidad era débil y podía cambiar mis impulsos. Pero, aquel día, ya estaba harto. Me sentía agotado. Cansado. Por primera vez me admití a mí mismo que si hubiese alguna posibilidad de cambiar esa parte de mí, ya lo habría logrado.

“Podemos hablarlo cuando vuelva a casa”, le dije. Entonces colgué el teléfono y sentí que todo mi mundo empezaba a temblar bajo mis pies. Llegué a casa y la esperé en nuestra habitación. Ella acababa de llevar a nuestro hijos a casa de su madre. Cuando entró en casa le envié un Whatsapp para que subiese a verme al dormitorio. Entró cerrando al puerta a sus espaldas y me miró. Entonces empecé a llorar. Por primera vez lo reconocí en voz alta. “Soy gay”, le dije. La conversación que mantuvimos fue demasiado sagrada y personal como para contarla. Sin embargo, siempre le agradeceré su comprensión y amabilidad. De todas las opciones que tenía, escogió responder a aquello con amor.

A partir de aquella conversación nos comprometimos para lograr que nuestro matrimonio funcionase. Estábamos convencidos de que si éramos capaces de seguir la fórmula prescrita por el catolicismo, si seguíamos las normas en que ambos habíamos sido educados y nos comprometíamos con ella desde lo más profundo de nuestro corazón, seríamos bendecidos. Pero, eso jamás ocurrió. La depresión, la ansiedad y el fracaso, lejos de desaparecer se multiplicaron.

A medida que los días iban pasando era más difícil reencontrar la felicidad y el amor incondicional. Habíamos tenido tres maravillosos hijos y doy gracias al cielo por ellos. Sin embargo, fueron testigos de infinitas discusiones y peleas. Entonces descubrí que no importaba lo que hiciésemos. Nunca sería suficiente. Y además, sabía que ella se merecía algo mejor. También que yo lo merecía. Por supuesto, nuestros hijos también.

El día de la madre de 2019, nos levantamos después de una noche repleta de discusiones acerca del futuro de nuestra pareja. Finalmente lo hicimos. Decidimos que lo mejor sería que nos divorciásemos. Nuestros corazones se rompieron, pero al mismo tiempo experimentamos una enorme paz. Un gran amor. No mentiré. El divorcio no fue algo fácil ni bonito. Aprender a vivir como co-padres no fue para nada fácil. La paz y el amor iniciales no duraron y de hecho dieron paso a momentos muy amargos. Pero desde aquel día supe que mi vida jamás volvería a ser igual.

Y no lo ha sido.

Decir que desde que me divorcié mi vida ha sido un viaje de autodescubrimiento se quedaría muy corto. He pasado por episodios de dolor que ni siquiera había sido capaz de imaginar. Un dolor absoluto por una mujer a la que amaba con todo lo que era capaz de ofrecer, pero que siempre sería insuficiente. Dolor por mi vida, mi futuro, por todo aquello que me enseñaron que debía buscar. Que creí poseer y que luché tanto por alcanzar.

Dolor y rabia ante un dios en el que aún creía. Un dios en el que había puesto demasiada fe y al que me comprometí servir incondicionalmente. Pero que a cambio requería que cambiase algo de mí y me hacía pensar que estaba equivocado y había algo mal dentro de mí. Dolor por la vida “normal” que quería que mis hijos tuviesen. Toda clase de culpas y vergüenzas por aquellas decisiones que tomé a lo largo de toda mi vida de negación a una parte importante de mi identidad.

Y todas esas emociones fueron realmente difíciles de afrontar. Aún hoy lo son en cierto modo. Sin embargo, hay una cosa que he alcanzado a entender: Los sentimientos están ahí para ser sentidos. Si resurgen, no tiene ningún sentido tratar de ignorarlos. Los siento dentro de mí. Los siento. Y los expreso. Porque eso es lo que debe hacerse para permitirnos experimentar las cosas. Y es importante saber que ningún sentimiento dura para siempre.

Tarde o temprano se acaba y desaparece. De hecho, es en momentos así en los que se puede gestar un verdadero cambio en mí. Y descubrí que no hay nada de malo en mi forma de sentirme, en la forma en la que fui creado. En los deseos naturales que escondí durante mucho tiempo y negué incansablemente. Descubrí todo lo que había bueno en mi vida, en mi forma de ser, en mi ética como profesional, en mis amistades, en mi perfil como padre… Todo lo bueno que hay en mí porque soy gay. Fue cuando por primera vez aprendí a amarme tal y como soy, como siempre fui. Y mi visión de todo cambió.

Casi seis meses después de mi divorcio tomé la decisión de salir del armario públicamente. Algo que jamás se me había pasado antes por la cabeza. Pero como había invertido tanta energía en crear una fractura entre aquello que soy y lo que aparentaba ser, sentí que era importante hacerlo. Hoy estoy feliz de haber tomado esa decisión. Logré quitarme un peso que llevaba sobre mis hombros y fue realmente liberador. No tener que volver a mentir o fingir que soy otra persona fue más liberador de lo que sería capaz de explicar. Sentir que al fin todos ven quien soy, ha sido realmente liberador.

Después de nuestro divorcio, mi mujer se volvió a casar con otro hombre. Y eso me hace muy feliz porque sé que al fin está siendo amada como ella deseaba ser amada. De una manera en que yo no era capaz de hacerlo. Descubrí que dejarla marchar, por muy duro que pusiese parecerme, era lo mejor que podía hacer por ella.

Me siento muy feliz de haber estado con ella y de haber traído a nuestros tres hijos al mundo. Ellos estaban predestinados a venir al mundo y si no hubiese tomado las decisiones que tomé, no estarían aquí. Y hoy pienso que ese fue el objetivo final de todo. Hoy pueden tener una vida más rica conociendo a la pareja de su madre, que los ama como ella y yo ya hacemos.

Todo esto puso la vida de mis hijos patas arriba. Sin embargo, han experimentado los cambios mejor de lo que imaginé. Hoy no tienen ningún miedo a hacer preguntas en busca de comprender y aprender sobre el mundo. En lugar de pedirme que les lea un cuento por las noches, los arropo en la cama y me hacen todo tipo de preguntas. Hablamos sobre los chicos, sobre ser gay, sobre mi divorcio, sobre Dios y sobre todo tipo de cosas.

Desde que decidí salir del armario he conseguido experimentar una conexión, un amor y una intimidad que jamás pude imaginar.

Hoy pienso en el Día nacional de Salir del Armario, y pienso en todas aquellas personas, en todos aquellos adolescentes que se ven atrapados en una religión que los ataca reiteradamente. En todo el miedo que pude experimentar en mi pasado. Y entonces recuerdo una escena de la película ‘Love, Simon’, en la que Jennifer Garner estaba sentada junto a su hijo en el sofá después de decirle que es gay, y ella le dice: ‘Ya puedes respirar, Simon’.

¿Por qué debemos animar, apoyar y celebrar ese día? Supongo que porque todos los seres humanos de este mundo merecen respirar. Vivir y sentirse a salvo en sus propias pieles.