Una noche de agosto en Indiana, veinte siluetas saltan alrededor de una fogata. Gritan bajo el cielo estrellado. Se disparan agua con pistolas de juguete y además juegan a tirarse trozos de tarta. Christopher Dean, un estudiante de universidad mormón ya tiene 23 años y se siente asustado. No se trata de niños los que juegan con las pistolas. Son hombres gays desnudos y tienen prohibido tocarse. Acaban de volver a nacer.

Después de algunas dudas, Christopher se decidió a iniciar una terapia de conversión en Indiana. Todo comenzó completamente a oscuras. Estaba desnudo en una litera con gran incomodidad porque no había orinado desde hacía bastantes horas. El resto de compañeros estaban también desnudos, caminaban por los pasillos.

“Leían en voz alta textos sobre la gestación. Incluso pusieron los sonidos de un parto en una grabación. Podía escuchar al médico gritando ’empuja, empuja’. Al rato prendieron la luz y nos gritaron: ‘Salid, acabáis de nacer’. Entonces nos lanzamos al jardín y celebramos nuestro peculiar nacimiento con una guerra de pistolas de agua y una tarta enorme”.

Otro día celebraron una fiesta. Sus compañeros fueron desapareciendo uno a uno y Christopher fue sintiendo cada vez más miedo. “Los habían llevado junto a otras mujeres para que representasen escenas extrañas con gritos. Les invitaban a que expresasen su ira contra ellas. Después se pusieron a practicar técnicas de seducción. Nos hacían quemar fotografías de nuestras madres porque decían que así podríamos romper nuestra relación con ellas que probablemente era la que había generado nuestra homosexualidad. Volví a sentir miedo cuando nos volvieron a introducir en un cuarto oscuro. Allí nos manchaban con pintura roja para simbolizar nuestra herida, la herida de la homosexualidad, y la que debíamos curar”.

Christopher continuó vinculado con la organización e incluso hizo voluntariado en el extranjero con ellos, en Polonia. Sin embargo, cada vez fue sintiendo mayor soledad y culpabilidad. Fue entonces cuanto intentó empezar a salir con mujeres. Los resultados fueron nefastos así que finalmente decidió venir a España. Por primera vez se permitió vivir como lo que es, un hombre gay. Poco a poco fue alejándose de sus creencias religiosas y su padre también lo hizo. Pero aquellas experiencias habían dejado una gran ansiedad en él y por eso hoy, con 29 años, ha decidido contarlo, para ayudar a otros jóvenes que estén pasando por lo mismo.

Según comenta el resto de gays que acudieron a las terapias se han casado. Uno de ellos lo ha hecho con una mujer asexual y de forma simultánea tiene encuentros con hombres. Tanto él como ella (que es conocedora), son felices. Además, uno de los terapeutas que dirigía las terapias lo ha abandonado todo y hoy tiene incluso novio.