Dos escenas de Alan Turing en ‘Descifrando a Enigma’ que nos rompieron el corazón

The Imitation Game (Descifrando a Enigma) relata la historia del matemático Alan Turing y su trabajo en Bletchley Park a lo largo de la Segunda Guerra Mundial. El momento histórico clave que protagonizó al diseñar la máquina para descifrar Enigma, el código naval alemán nazi, es uno de los grandes reclamos de la cinta (se estima que su trabajo acortó la guerra en dos años y salvó 14 millones de vidas). Lamentablemente, haber llevado a cabo uno de los actos altruistas más importantes de la historia moderna no fue suficiente para evitar que le sometiesen a castración química por ser gay, razón por la que poco después se suicidó. 

Sin embargo seguir la narración de un episodio histórico tan importante como la derrota de los nazis no es el único atractivo de esta película. De hecho, muchos de nosotros la vimos guiados por la parte más humana del genio y movidos por la curiosidad que nos despertaba su vida personal y, concretamente la forma en que se trataría su homosexualidad. En este caso, a través de un gran amor que comienza en la infancia y dura el resto de su vida.

Alan fue gay en un periodo de la historia en el que serlo era un delito tipificado en el código penal de Gran Bretaña. Este contexto queda bastante bien representado por el director, Morten Tydlum. A lo largo de la película podemos obtener una aproximación bastante aterradora a los horrores de la política gubernamental hacia los homosexuales. La oscuridad que envuelve al contexto bélico y de espionaje se suma a la paranoia que rodea a la homosexualidad y, como resultado, obtenemos una historia profunda que deambula entre el concepto del amor incondicional y los efectos devastadores de la guerra y la discriminación.

Esta maravillosa película, cuenta con escenas que quedarán en la posteridad. Hoy recordaremos dos de ellas que son… ¡Impresionantes!

La primera corresponde a la infancia de Turing, cuando estuvo viviendo en el internado. Fue entonces cuando se enamoró de Christopher, su compañero de clase, quien de hecho sería el amor de su vida. Christopher fue el único aliado que tuvo durante su periodo como estudiante. Le defendía de los abusones y le inspiró su pasión por los rompecabezas. A lo largo de las clases, Turing acostumbraba a enviarle mensajes crípticos que sólo Christopher podía desentrañar. Sin embargo, su íntima relación toca su fin cuando Christopher un día no regresa a clase. Es entonces, cuando el director llama a Alan a su despacho para revelarle que su amigo ha fallecido como consecuencia de la tuberculosis bovina.

El momento nos puso el vello de punta y casi pudimos sentir lo mismo que Alan (interpretado de una forma excepcionalmente brillante en esta secuencia por Alex Lawther), mientras que el director trata de animarle con palabras de consuelo que para él no representan más que vacío. En ese momento podemos ver cómo Lawther se divide por dentro, intentando no revelar cuáles son sus verdaderos sentimientos. Es en esta secuencia donde le vemos sucumbir ante la presión que conlleva ser homosexual en aquella sociedad. 

Otra de las escenas más potentes aparece hacia el final de la película. En ella, Turing ha sido acusado de una indecencia grave contra un hombre y aunque ha logrado eludir la cárcel, es condenado a ser sometido a castración química. Es en ese momento cuando Joan va a verle después de mucho tiempo. Lejos de ser una niña, ahora la vemos convertida en toda una mujer, con un trabajo estable y a punto de casarse. Es en esta visita, donde la densidad de la tragedia cobra quizá su mayor ápice de expresión.

Joan decide proponerle a Alan un rompecabezas para tratar de animarle. Cuando toma el bolígrafo, él no puede evitar que sus manos hagan movimientos involuntarios como consecuencia de las hormonas que le obligan a tomar. “Quizá más tarde”, responde él, de una forma realmente desgarradora.

Comienzan a hablar de algunos temas, tratando de eludir la razón por la que Alan está en dicha situación. Sin embargo, Joan sabe lo que está pasando por la cabeza de él. Sabe que está al límite y que no seguirá escogiendo la vida por mucho tiempo. Cuando él recalca que ella se ha convertido en “una mujer normal” a modo de broma, ella le responde:

“Nadie normal podría haber hecho eso [romper el Enigma]. Sabes, esta mañana, estaba en un tren que atravesaba una ciudad que no existiría si no fuera por ti. He comprado un billete a un hombre que probablemente estaría muerto si no fuera por ti. Leí de camino al trabajo todo un campo de investigación científica que sólo existe gracias a ti. Ahora, si te gustaría haber sido normal, puedo prometerte que no”.

Alan Turing se quitó la vida hacia el 17 de junio de 1954. Hasta el año 2009 no recibió ningún tipo de disculpa, cuando Gordon Brown, el primer ministro británico se lamentó en nombre del gobierno británico por lo acontecido. Cuatro años más tarde, en 2013, la Reina le indultó a título póstumo por su condena. En la película Turing bautizó la máquina que diseñó para descifrar la Enigma con el nombre de Christopher, el amor de su vida.

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