A simple vista parece sencillo definir el machismo. Si miramos en la RAE veremos que figuran dos definiciones. La primera que adjudica esta actitud de prepotencia a los varones sobre las mujeres. Y la segunda que la clasifica como una forma de sexismo caracterizada por la prevalencia del varón. Sea como sea, ambas se quedan cortas. Hace mucho que el machismo ha desbordado su propia definición simplista para extenderse más allá de ella. Hoy en día las relaciones interpersonales no se pueden encuadrar únicamente de modo binario. Y el machismo nunca ha sido exclusivo de los hombres heterosexuales. 

El machismo es más que una prepotencia o un sentimiento de prevalencia sobre la mujer. No se queda ahí, sino que alcanza también los estereotipos. El machismo ensalza los atributos comúnmente atribuidos a la masculinidad: fuerza física, virilidad, agresividad o estoicismo. Y, por el contrario, desprecia las características consideradas femeninas: debilidad, inestabilidad emocional, fragilidad, sumisión… 

Mantener una relación homosexual no nos salva de caer en actitudes machistas. Entre dos hombres no tienen lugar las mismas conductas que en una relación heterosexual. Pero sí que se produce en muchas ocasiones este desprecio hacia «lo femenino». 

Lo que se ha dado en llamar la «plumofobia» es la principal discriminación que tiene lugar entre homosexuales. Consiste en despreciar, ya sea con insultos o burlas, a los hombres homosexuales que tienen más pluma. 

Incluso en el lenguaje podemos ver cómo el heteropatriarcado ha inculcado entre los homosexuales su machismo. Sólo hay que fijarse en el modo en que algunos términos peyorativos se usan siempre en femenino aunque se hable de hombres: puta, loca, histérica, guarra, etc. Se admira a los gays activos mientras que se ridiculiza y feminiza a los que no lo son, llamándolos «pasivas».

Esta influencia heteronormativa llega también hasta el modo en que los gays tienden a valorar su apariencia. En general tienden a pensar que para ser atractivos deben parecer modelos de gimnasio. Y además la imagen más atractiva es la de un tipo duro, casi sin sentimientos, sin emociones, sin romanticismo. Esta masculinidad tóxica nos hace creer que para triunfar como homosexuales tenemos que ser «unos machos».

Seguro que en alguna ocasión has notado la incomodidad que produce la presencia de una mujer en una reunión de hombres homosexuales. Puede suceder en algunos bares de ambiente eminentemente masculinos, o simplemente en una quedada entre amigos. En los espacios gays las mujeres son miradas como un elemento extraño, incómodo. En muchas ocasiones incluso se expulsa del local directamente a las mujeres por considerarse un territorio eminentemente masculino. La reflexión supone un elemento necesario a este respecto. Ser homosexual no debería ser un obstáculo a la hora de disfrutar de relaciones de amistad, familiares o profesionales con mujeres. Esa incomodidad ante ellas es, de nuevo, parte de ese machismo que refuerza la virilidad y rechaza la feminidad.