Sería lógico pensar que cuando uno muere ya está libre de la homofobia. Pero la realidad es que en muchos casos no es así. Hace años que estamos en la lucha por el respeto después de la muerte. Nos hemos encontrado en este tiempo muchos muros contra los que hemos chocado. Algunos los hemos derribado y otros aún siguen en pie. 

Podemos hablar, por ejemplo, del caso de Tim Pawlenty, el Gobernador republicano de Minnesota. Este hombre vetó una ley que nos daba el derecho de decidir sobre los funerales de nuestras parejas. Una ley que, según él era «innecesaria», ya que se negaba a equiparar en derechos a las parejas homosexuales con las heterosexuales.

Sin derecho a decidir sobre los restos mortales de nuestras parejas

En una situación tan injusta como esa se encontró Vladimir Urrutia, en Chile. Urrutia había tenido una relación de 12 años con Rodrigo Moreno. Una vez había falleció su pareja, fue enterrado en una tumba que había pagado el mismo. Esto no gustó a la familia biológica de su difunto novio ya que su madre ni siquiera había aceptado nunca esta relación. 

Desgraciadamente, legalmente ellos no eran pareja pues Vladimir y Rodrigo no habían podido formalizar su relación con el Acuerdo de Unión Civil. Éste entró en vigor un año después del fallecimiento de Moreno. Por este motivo Vladimir estaba en una absoluta desprotección jurídica ante la familia biológica. Así que la madre de su compañero aprovechó esto para iniciar los trámites para solicitar la exhumación del cadáver. Todo con la intención de llevárselos a otro cementerio, lejos de la sepultura que pertenecía a Vladimir. 

Eso no fue todo, ya que la madre de Rodrigo también aprovechó para quitarle los bienes comunes. Incluso las mascotas que eran de los dos. Para ella no bastaba con hacer que Vladimir perdiese las cosas que habían compartido y los animalitos que les habían dado cariño a ambos. Vladimir se vio ante la perspectiva de perder los restos del hombre con quien había compartido doce años de su vida

Fue un caso terrible y complejo, que movilizó a la asociación chilena del Movimiento de Integración y Liberación Homosexual

Sin derecho a ser enterrados con nuestros maridos

Hablemos también de Castellanza, en Italia. Se trata de un pueblo pequeño de Lombardía, de unos catorce mil habitantes. Allí, el Ayuntamiento decidió que no iba a permitir que las parejas del mismo sexo descansasen en nichos contiguos

Esta situación salió a la luz cuando un lector del diario local Varese News envió una carta. En ella se refería a la actuación del ayuntamiento a través de un poema: «…Tal vez ¿ser un dios tú te has creido?/ Aquí todos, lo ves, somos igual…/ Muertos los dos somos, ¿has entendido?/ Uno como el otro, tal para cual…».

Una vez expuesto el caso el Ayuntamiento negó que hubiese homofobia en su actuación. El concejal responsable de los cementerios, Fabrizio Giachi, aseguraba que estaba cumpliendo una normativa regional. Según esta normativa los nichos contiguos no pueden ser ocupados por personas que no formen parte de la «familia natural».

Decía también que comprendía la situación, pero está claro que si la comprendiese no aplicaría una ley obsoleta como esa. Esto mismo alegaba Giuseppe Civati, consejero regional del Partido Democrático. Civati le pedía al Ayuntamiento que actuase con humanidad y dejase de poner trabas. Según él, esta norma de la que hablaba el concejal no estaba en vigor.

Sin derecho a ser enterrados en algunos cementerios por el hecho de ser homosexuales

Para terminar, vamos a hablar de Senegal. No es un país que resulte precisamente amistoso para el colectivo LGTBI+. Allí los homosexuales sufren una persecución constante. No en vano es un país en el que se gobierna según el islam y la homosexualidad es, directamente, ilegal. 

Pero esta discriminación no acaba cuando la vida termina, sino que en muchos casos llega más allá. 

Podemos mencionar entre ellos el de Madièye Diallo, enterrado en Thies, una ciudad a 70 kilómetros de la capital. Diallo era un hombre homosexual que formaba parte del grupo «LGTB and Leegey». En su comunidad era conocidos tanto su condición como su activismo.

Precisamente por ello tuvo que mudarse a Malí para vivir allí una temporada. Pero a la multitud que lo hostigaba en vida no le pareció suficiente. Se reunieron en el cementerio para desenterrar su cuerpo. Según ellos, no podían permitir que un hombre homosexual descansase allí

Diallo había vuelto a Thies antes de fallecer a manos de una enfermedad. Un amigo cercano a la familia declaró que iban a mantener en secreto la nueva localización donde lo enterrasen. Todo para evitar nuevos ataques o represalias. 

Diallo era un icono para la comunidad gay de Senegal, gracias a una foto suya que se había publicado y difundido en los medios. En ella se le veía asistiendo a una boda homosexual.

Estos son sólo algunos ejemplos, pero hay muchos más. Y los seguirá habiendo. La homofobia que nos golpea en vida lo hace también tras la muerte. Y no sólo nos hace daño a nosotros, sino a los seres queridos que dejamos atrás. Y también a todos los que ven cómo una vez más seguimos siendo un colectivo al que autoridades y pueblo menosprecian sin consecuencias. A estos les estamos transmitiendo el mensaje de que podemos ser martirizados. De que ellos también lo serán.

Tenemos que buscar la manera de que esto cambie. Por nosotros, y sobre todo por los que se quedarán cuando ya no estemos.