Parar su coche en mitad de una carretera y recoger a un hombre que estuviese haciendo auto-stop. Acostarse después con él y disfrutar del sexo. Esa era su mayor fantasía. Un deseo que no podía apagar y detrás del cual se escondía un oscuro secreto: El germen del primer asesinato que cometería en su vida.

Desde su juventud se sintió profundamente atraído por el personaje del Emperador Palpatine de Star Wars (Retorno del Jedi). El día que recogió al autoestopista llevaba incluso unas lentillas amarillas emulando a Palpatine.

Este personaje es altamente siniestro y se caracteriza por tener un control absoluto sobre sus víctimas empleando las fuerzas del mal. Curiosamente, Jeffrey Dahmer logró cumplir su deseo: Tener el control absoluto sobre su víctima. Ese día golpeó, estranguló y destripó a Steven, el joven autoestopista que encontró caminando por la carretera.

A pesar de que tenía un aspecto dulce, atractivo y apacible, detrás de él se escondía un verdadero monstruo. De hecho acabó recibiendo el apodo de ‘Caníbal’ o ‘Carnicero de Milwaukee’. Jeffrey sentía un increíble placer al observar el interior del cuerpo humano. Lo más extraño de todo es que se trataba de un placer sexual pues cuando destripaba y despedazaba los cuerpos de sus víctimas se masturbaba sobre ellos.

A pesar de que lograba encontrar víctimas de una forma sencilla y lograba llevárselas a su terreno de una forma también relativamente sencilla, lo complicado venía después, cuanto todo había acabado. Deshacerse de los cuerpos de sus víctimas resultaba mucho más complicado sobre todo si de lo que se trataba era de no despertar sospechas. Sin embargo, esto lo compensaba con su atractivo personal.

Una vez fue parado para ser sometido a un control policial cuando iba conduciendo. Sin embargo, los agentes no sospecharon en absoluto que estaban frente a un asesino en serie que además llevaba en ese momento los restos mortales de su primera víctima en la parte trasera de su vehículo.

Su cara angelical y su recatada educación hicieron que los agentes le dejasen marchar. Esto se tradujo como un error que repercutiría gravemente en el futuro pues tan sólo poco tiempo después dieciséis hombres más perderían la vida a manos de aquel monstruo.

Steven Hicks, primer chico que murió a manos de Jeffrey Dahmer

Después de haber asesinado a su primera víctima fue parado por una patrulla cuando se dirigía hacia el basurero para deshacerse del cadáver. Al parecer conducía desviado hacia el área izquierdo. Al pararlo pudieron ver la cantidad de bolsas que llevaba en la parte de atrás. Él como un psicópata de manual dijo con total tranquilidad que era un montón de basura que iba a tirar. Lamentablemente los agentes no comprobaron que sus palabras eran verdad y decidieron creerle.

Esa circunstancia originó un miedo horrible en la mente de Jeffrey y fue por ello por lo que decidió cambiar el sentido de la marcha y regresar a casa para guardar en el sótano los restos de su víctima. Metió el cadáver dentro de una gran tubería aunque dos años más tarde sacó el cadáver para moler los huesos y distribuir sus restos entre los árboles de su jardín.

Los nueve años siguientes a su primer asesinato logró reprimir sus instintos sádicos. Para lograrlo tuvo que esconderse bajo una gran adicción a todo tipo de drogas y alcohol. Pero… ¿cuál fue el origen de todo aquello? ¿Desde cuándo había sentido dentro de él mismo esa maldad?

La curiosidad por el interior del cuerpo humano

Jeffrey nació hacia el 21 de mayo de 1960 en Milwaukee, Wisconsin. Desde su infancia se caracterizó por ser especialmente extrovertido, alegre y sociable. Así es como lo recuerda su familia. Era un joven al que le encantaba hacer bromas, juegos y relacionarse con otros jóvenes de su edad. Había algo en él que destacaba especialmente: Su curiosidad.

Desde su juventud comenzó a desarrollar una curiosidad que ya delataba los primeros síntomas de su psicopatía y esa maldad que sobrepasa al entendimiento humano. Y es que, Jeffrey ocupaba sus tiempos libres a maltratar a los animales. Su ritual era idéntico en todos los casos: Primero los cazaba, luego los torturaba y en última instancia los destripaba y diseccionaba para terminar limpiando sus huesos.

Tenía una mirada angelical: Era rubio con ojos azules, presentaba un historial académico intachable y destacaba por presentar una educación exquisita así como la constante práctica de buenos modales. Sin embargo, ya en su período más prematuro mostró su conexión con lo oscuro.

De hecho su padre dijo en alguna ocasión que «se había dedicado a investigar cómo eran los animales por dentro al mismo tiempo que desarrollaba su sexualidad«. Inocente de él, pensó que se trataba únicamente de «curiosidad».

Jeffrey Dahmer en su infancia

Durante aquel período Jeffrey entró en una espiral destructiva que cada vez le fue alejando más de los demás. De hecho su personalidad cambió por completo y donde antes había un joven alegre y abierto ahora quedaba un chico tímido, asocial y bastante extraño. Así lo declararon sus amigos de la infancia y sus antiguos compañeros de clase.

En realidad no hay una explicación racional ante aquel comportamiento. Jeffrey tuvo una infancia normal e incluso una buena infancia. Sus padres le cuidaron y le dieron cariño por lo que desde su nacimiento fue amado y experimentó una infancia plenamente feliz.

Desafortunadamete, las cosas cambiaron cuando sus padres se divorciaron y las continuas mudanzas generaron en él un horrible miedo a ser abandonado. Este mal presagio fue acentuándose en su adolescencia y de hecho se supone fue determinante en sus actos como asesino.

Lo cierto es que mientras otros niños disfrutaban jugando con muñecos él disfrutaba matando animales. Incluso tenía su propio cementerio animal donde coleccionaba cadáveres de sapos, perros o gatos. La colección de animales muertos es una afición que está presente en la infancia de la mayoría de asesinos en serie.

Jeffrey Dahmer junto a su padre Lionel en la graduación del instituto

Ya siendo muy precoz Jeffrey descubrió una enorme fascinación por la muerte. Todo se intensificó en una clase de biología donde los alumnos tuvieron que trabajar en una práctica diseccionando un lechón. Para él esto supuso un descubrimiento que despertó oscuros deseos en su interior sobre todo cuando tenía 16 años. La adolescencia es un período difícil y a esta oscura atracción se le sumó el descubrimiento de su orientación sexual.

De repente se vio abrumado por un deseo sexual constante y una violencia en su interior que también era constante. «A medida que pasaba el tiempo la situación era más grave y no sabía cómo confesar a alguien lo que estaba pasando en mi interior, así que decidí guardármelo para mí», declaró él mismo después de entrar en prisión.

A todo esto se le sumaron después los problemas de adicción que tenía con el alcohol y las drogas. Fue la mezcla de todos estos factores lo que desembocó en un primer crimen contra Steven Hicks hacia junio de 1978. Después de cometerlo logró escondérselo a su familia y convivir con ese oscuro secreto.

Después de finalizar sus estudios trató de ingresar en la facultad, sin embargo no lo consiguió lo cual le supuso una frustración. Y es que su adicción había condicionado su vida y le hacía imposible llevar una vida normal. Decidió internarse en el ejército sin embargo allí también terminaron expulsándole debido a su conducta y el abuso del alcohol. Sólo le quedó un último recurso: Irse a vivir con su abuela.

Jeffrey Dahmer, borracho, durante su etapa en el ejército (1980’s)

En contra de lo que podía esperar la convivencia con su abuela le ayudó a cambiar su vida. Logró alejarse de los vicios, de la idea de tener sexo con hombres (él mismo lo veía algo inmoral y se culpaba por ello) y de su impulso de cometer asesinatos. Por fin había conseguido reconstruir su rutina, equilibrar su vida y en sus propias palabras «expulsar al demonio que tenía dentro».

A sus 23 años se encontraba trabajando dentro de una fábrica de alimentación mezclando chocolates. Una profesión que de hecho cuadraba muy bien con la dulzura de su personalidad. Sin embargo, reprimía su homosexualidad hasta límites realmente enfermizos. Aquél período de «forzada heterosexualidad» y «comportamientos decentes» duraría poco, tan sólo tres años.

Todo cambió una noche. Jeff se encontraba en una biblioteca leyendo un libro cuando un desconocido se acercó a él y le lanzó una nota con contenido sexual. En aquellos momentos decidió ignorarlo. Sin embargo ese detalle cambiaría las cosas drásticamente. Tan sólo dos meses después continuaría con aquella espiral destructiva repleta de obsesión sexual, drogadicción y alcoholismo.

El monstruo había vuelto a despertar y esta vez para llevar a cabo sus actos más horribles. Inició entonces una cacería de hombres en todo tipo de establecimientos gays incluyendo discotecas, pubs, saunas y sex shops de su ciudad.

Control total de las víctimas

Entre los años de 1986 y 1988 su vida ya se había desplazado al otro extremo. La policía detuvo a Jeffrey por conductas exhibicionistas. En una de las ocasiones intentó desenterrar el cadáver de un chico recién fallecido con la intención de violarle. Por supuesto durante aquellos años volvió a cometer asesinatos. Esta vez decidió hacerlo en la habitación de un hotel aunque más tarde confesaría que no era capaz de recordar cómo lo había hecho.

Su abuela decidió echarlo literalmente a la calle por haber detectado comportamientos extraños en él. Ella había podido encontrar un maniquí de hombre desnudo y cubierto de una sustancia pringosa dentro de un armario. Según el asesino aquél era su amante perfecto precisamente porque no existía nada vivo dentro de él. Por fortuna para ella, este muñeco fue lo único que pudo descubrir pues de haber bajado al desván hubiese encontrado varios cadáveres de sus víctimas junto con una calavera humana.

Las víctimas de Jeffrey Dahmer (falta una de la que no existía foto)

Aquel cráneo súper limpio perteneció a Steven Toumi, el hombre al que mató dentro de una habitación de hotel hacia el año 1986. Él fue la primera víctima en su recaída después de que asesinase a aquel autoestopista diez años atrás.

Con Steven Toumi, Jeffrey fijó lo que sería su modus operandi con el resto de víctimas. En primer lugar las invitaba a tomar alcohol en un lugar apartado e íntimo con la intención de practicar sexo. Antes de ello los drogaba por supuesto, no olvidemos que él quería mantener el control de la situación a todos los niveles. Les hacía fotos desnudos, practicaba sexo con ellos y cuando decidían marcharse el lanzaba una brutal dosis de violencia contra ellos aún afectados por el efecto de las drogas.

La finalidad era la misma: Dominar a sus víctimas completamente, de igual modo que lo hacía su ídolo, el Emperador Palpatine en El retorno del Jedi de Star Wars. Se trataba de un personaje malvado que gozaba de una posición de poder y que podía emplear oscuros poderes especiales para manipular y controlar a otros. Eso era definitivamente lo que quería conseguir Jeff.

El Emperador Palpatine ‘Retorno del Jedi’ de ‘Star Wars’

Cuando se mudo a vivir solo a su nuevo apartamento sus encuentros sexuales fueron constantes así como el consumo de bebidas alcohólicas y drogas. Durante su día a día no dejaba de tener fantasías sexuales sobre el asesinato así como descuartizamiento de hombres. Para él, su condición sexual estaba directamente relacionada con sus impulsos por matar, aunque mención a parte merece su tendencia a la necrofilia.

Y es que su deseo sexual se mantenía después de haber asesinado a sus víctimas o incluso se intensificaba. Jeffrey comenzó a practicar sexo con los cadáveres de sus víctimas ya mutilados o incluso con algunas de las partes de sus cuerpos. A diferencia de lo que ocurre con la mayoría de los asesinos en serie él deseaba mantener relaciones sexuales con personas inconscientes o incluso muertas.

Es importante mencionar que el patrón de sus víctimas era idéntico. Todas ellas compartían unas mismas cualidades físicas y en este caso el asesino los escogía por la forma de su cuerpo. Todos ellos eran altos con algo de músculo y de constitución delgada. A su vez, no hacía distinciones por la raza que presentasen: Entre el conjunto de víctimas se encuentran hombres blancos, mulatos, negros, asiáticos o indios. Todo dependía de si a él les resultaban atractivos para intentar camelárselos.

Primera ficha policial de Jeffrey Dahmer

Su personalidad aparentemente dulce y su aspecto aniñado y atractivo le hacían jugar con cierta ventaja. No había absolutamente nada en él que pudiese despertar sospechas de lo que realmente era: Un sádico asesino en serie. Además, la personalidad que mostraba con los demás a la hora de relacionarse era especialmente buena. Dentro de la comunidad gay de su ciudad todos le consideraban un hombre que despertaba ternura y antes de saber lo que hizo, creían que era una buena persona.

Detrás de aquella fachada aniñada e inocente se ocultaba un depredador voraz. De hecho su historial así lo revela. Después del crimen de Steven Toumi acabó con la vida de diez hombres más que se encontraban en un rango de edades entre los catorce y treinta y seis años. Con doce hombres asesinados aún le quedaban por delante cinco víctimas hasta que la policía lo descubriese.

Una de las víctimas más impactantes fue un joven de tan sólo catorce años de edad y que podría haber escapado pero la ineficacia del cuerpo de policía lo echó indirectamente a las garras de su asesino.

Violador, asesino, necrófilo y caníbal

Todo ocurrió hacia el 27 de mayo del año 1991. Jeffrey decidió salir a buscar una nueva víctima. Lo cierto es que no contaba con demasiada suerte últimamente pues la mayoría de sus ligues habían acabado abandonándolo poniéndole distintas excusas. Este rechazo no hizo más que alimentar su desesperación y su ira.

Los platos rotos los pagaría un chico de catorce años de edad que no tenía apenas fuerza para defenderse de él. Jeffrey estuvo drogando al joven durante varias horas para poder doblegar su voluntad. Esta vez había trazado un plan más enfermizo si cabía: Quería construir un exclavo sexual que a la vez fuese un zombie. Para lograrlo le perforó la cabeza y comenzó a introducirle diferentes líquidos con una jeringuilla sobre una improvisada mesa de operaciones.

Estuvo varias horas con él hasta que se cansó hacia las dos de la madrugada y decidió marcharse al bar de su barrio para tomarse una cerveza y poder despejarse.

Interior del apartamento de Jeffrey Dahmer

Cuando volvió a casa se encontró con un escenario inesperado: Había una patrulla de policía en la puerta de su edificio. Además, el joven de 14 años, Konerak, había conseguido escaparse. Estaba desnudo, aturdido y tenía hematomas por diferentes partes del cuerpo. A pesar de que trataba de explicarse era muy difícil entender lo que decía.

Fue entonces cuando Jeffrey intervino y pidió disculpas a los agentes de policía por el estado de «embriaguez» que presentaba su «colega». Él decidió dar una versión totalmente improvisada en la que supuestamente ambos eran pareja, el joven se había emborrachado y habían discutido.

En este caso, los policías le creyeron y volvieron a dejarle escapar. El asesino había vuelto a escaparse y Konerak había firmado su sentencia de muerte.

Desgraciadamente los policías no pusieron en duda sus palabras y, por ejemplo, no subieron a su vivienda. De haberlo hecho hubiesen descubierto un auténtico santuario construido en honor a la muerte y repleto de cadáveres.

Cuando los agentes de policía abandonaron el lugar Jeffrey estranguló al joven hasta matarlo. Poco después lo cocinó y se comió varias partes de su cuerpo. Había pasado a la siguiente fase: No sólo violarlos, matarlos y desmembrarlos. Ahora también se comía sus cadáveres para que así formasen totalmente parte de él. Era esta finalmente el dominio absoluto que tanto había ansiado.

“Comérmelos me producía placer sexual”

«Una cosa me llevaba a la otra. A medida que pasaba el tiempo me veía obligado a hacer cosas más raras para poder satisfacer mis instintos. Por eso sentía que eran una parte permanente en mí. A esto se le sumaba la curiosidad que me generaba saber cómo sería hacerlo. Sentía que al hacerlo se convertirían en parte de mí. Comérmelos me producía placer sexual», declaró el asesino ante la sorpresa de las cámaras de televisión.

Después del asesinato del joven Konerak, seguía manteniendo una actitud muy cordial entre las personas de su entorno. Ante todos se mostraba dulce, atento, detallista y muy agradable. Además, tenía una habilidad extraordinaria para ocultar su verdadera personalidad.

Él acudía a celebraciones familiares y charlaba de forma relajada e incluso divertida con sus allegados. Disfrutaba especialmente de los momentos en que se reunía con su padre o su abuela. Sin embargo, detrás de esa careta había una podredumbre que acumulada 13 asesinatos que aumentarían hasta 17 en los próximos dos meses.

Se descubre el horror

Es curioso pensar que durante aquellos momentos la ciudad del asesino, Milwaukee, era testigo de desapariciones pero aún así no había un clima de desconcierto en sus calles. Y es que Jeff escogía a personas que «no iban a ser echadas en falta por nadie o que llevaban un estilo de vida caótico». Según comenta la escritora Anne Schwartz, «Nadie se dio cuenta de que más de una docena de chicos jóvenes habían desaparecido. Y es que no había aparecido ningún cadáver, por lo tanto no había sensación de miedo en la ciudad».

Aquella orgía de muerte vio su fin hacia el mes de julio del año 1991. Tracy Edwards (31 años) fue la última víctima y afortunadamente logró escapar del asesino y el apartamento maldito. Encontró a un coche de policía y lo paró. Iba totalmente desnudo y medio drogado, sin embargo, esta vez sí logró explicar lo que había sucedido. Fue entonces cuando los agentes de policía decidieron adentrarse en la casa del monstruo. Durante el proceso de inspección y registro pudieron descubrir el horror.

Pudieron ver paquetes con restos humanos en el congelador del asesino, ¡una cabeza humana dentro del frigorífico!, un bidón de 200 litros de ácido que contenía tres torsos sumergidos y 83 fotografías de los cadáveres de sus víctimas descuartizados. Encontraron por fin la identidad del verdadero Jeffrey.

La policía de Milwaukee requisa el arcón frigorífico de Jeffrey Dahmer (24 de julio 1991)

Los hechos traspasaron fronteras acaparando titulares en la prensa internacional y el ‘Carnicero de Milwaukee’ pronto cobró una enorme popularidad. Casi como un icono popular se elaboraron camisetas, canciones sobre él y su historia, cómics, pinturas y caricaturas… ¡Incluso una legión de «fanáticos» lo esperó en la puerta de los juzgados durante la celebración del juicio!

A medida que avanzaba el procedimiento la audiencia y el tribunal se veían impactados con las declaraciones de Jeffrey Dahmer en las que explicaba qué había hecho durante los últimos años a todas sus víctimas. A pesar de que el asesino trató de alegar que sufría locura no logró sacar adelante su estrategia y el jurado votó (con diez votos contra dos) que estaba totalmente cuerdo para poder ser encarcelado.

Lo más duro de todo el proceso fue lo que tuvieron que vivir los familiares de las víctimas que acudieron al juicio. Algunos de ellos se limitaron a escuchar las confesiones del monstruo en silencio, aunque no todas lo lograron. Otros no pudieron evitar romperse en llantos desconsolados e incluso el juez les dio la palabra a varios de ellos antes de que se dictase la sentencia.

Fue un escenario repleto de una enorme tensión e incluso los medios de televisión se vieron obligados a censurar algunos testimonios que se hicieron. Hubo un momento que resultó especialmente descorazonador. Fue el momento en el que la hermana de uno de los asesinados no pudo contenerse y gritó al asesino «hijo de puta… ¡Mírame!» al tiempo que se acercaba violentamente a él.

Jeffrey por su parte se limitó a dar un paso hacia atrás para impedir que ella le tocase y fue cuando varios alguaciles la sujetaron para sacarla de allí.

Jeffrey Dahmer durante su juicio (22 de agosto de 1991)

Después de aquella escena el monstruo decidió hablar: «Me siento muy mal por lo que he hecho a estas pobres familias y entiendo que tienen el derecho a odiarme. He visto sus lágrimas y si pudiera daría mi vida ahora mismo para devolverles a sus seres queridos. De verdad. Lo siento muchísimo». Sin embargo esas palabras no salían del corazón: De hecho fueron leídas de un papel previamente redactado y pronunciadas con una frialdad inhumana. ¿Sentía realmente remordimientos?

Hacia el 15 de febrero de 1992 el tribunal condenó a Jeffrey a 957 años de cárcel aunque posteriormente ampliaría la condena a cadena perpetua en Ohio. El tiempo que le restaba de vida lo viviría entre rejas en el Columbia Correctional Institution de Portage.

Su estancia en prisión

Durante su estancia en prisión Jeffrey decidió bautizarse y entregarse a la fe cristiana. Según sus propias declaraciones sentía que el demonio le había poseído literalmente. Tenía esa sensación hasta el punto de sentirse identificado con el diablo que aparece en la película El Exorcista.

Jeffrey Dahmer concede entrevistas desde prisión

Paradójicamente su estancia en prisión fue más corta de lo que cabía esperar. Sólo duró dos años. Y es que dentro de prisión pasó a convertirse en una presa. Tras las rejas mostraba un buen comportamiento y llevaba a cabo todas sus actividades socializando especialmente con sus compañeros.

Una de las tareas que le encargaron durante su estancia fue la de limpieza aunque no estaba sólo. Tuvo que compartir los turnos con Christopher Scarver, quien padecía de esquizofrenia y quien se hacía llamar Jesucristo. Dos años después de su ingreso Scarver lo asesinó a golpes.

Irónicamente utilizó como arma la barra de pesas del gimnasio de la cárcel. Esta fue el mismo arma improvisada que Jeffrey empleó para asesinar a su primera víctima: El joven autoestopista Stephen Hicks.

Finalmente murió por las heridas generadas en la cabeza hacia 1994 con 34 años de edad. Con su muerte los médicos le extrajeron el cerebro con la finalidad de estudiarlo. Fue entonces cuando sus padres lucharon legalmente para hacerse con él.

La madre deseaba donarlo a la ciencia para que pudiese ser estudiado, aunque su padre deseaba enterrarlo lejos de la gente. Finalmente su cerebro se incineró y las cenizas fueron cedidas a sus padres.

Jeffrey Dahmer ha pasado a convertirse en uno de los asesinos más terroríficos de la historia criminal tras acabar con la vida de 17 hombres entre 1978 y 1991. Violador, asesino, necrófilo, caníbal, psicópata… Aún hoy sigue sin responderse el gran misterio: ¿Estaba loco o era un monstruo?

Los padres de Jeffrey Dahmer durante el juicio