«Para mí personalmente, ser gay no quiere decir nada per se, excepto tener en cuenta mi orientación sexual: Desde siempre me he visto a mí mismo como una persona común, un ser humano más, como millones de otros seres humanos pasados presentes y futuros. Con el mismo potencial. Con la misma personalidad humana más básica. A pesar de ello, soy consciente de que pertenezco a una minoría y que esto, como todo, tiene su lado positivo y su lado negativo.

A nivel positivo, me he ha ayudado a ser más consciente y sensible ante los prejuicios raciales así como a cualquier forma de discriminación. Además, estoy totalmente en contra de etiquetar a las personas: Nadie debería ser reducido a una simple fórmula.

A nivel negativo, he tenido la conciencia de que estaba obligado a justificar continuamente que somos homosexuales, también la constante defensa, el miedo y la hostilidad que puede existir.

El primer desafío al que me he podido enfrentar ha sido vivir en pareja y feliz. Definitivamente no me veía siendo alguien soltero el resto de mi vida. Sin embargo, me di cuenta de que convivir con una pareja no siempre es fácil. De hecho, no siempre he sido un hombre propenso al compromiso, a cambiar mis propias ideas o a asumir algunos errores que haya podido cometer. Sin embargo, aquí estamos Maxime y yo. Felices de haber compartido nuestra vida juntos durante 45 años y contentos por haber compartido lo más esencial para ambos, así como ilusionados por planificar nuestro futuro juntos.

El segundo desafío fue desarrollarme y alcanzar en mi vida a nivel profesional. Lo he conseguido, y gracias a todos aquellos esfuerzos personales que he hecho, aunque también gracias a la casualidad en cierta proporción.

El tercero era tener una vida en la que estuviese rodeado de muchos amigos cercanos y de relaciones realmente sinceras. Y esto, también gracias a la ayuda de mi marido Maxime, ha resultado ser todo un éxito.

Nunca llegué a decir de una forma directa y clara a mis padres «soy gay», pero siempre conocieron a Maxime y comprendían nuestra relación. En el momento en el que les dije que nos íbamos a ir a vivir juntos, las cosas fueron totalmente claras. En un principio mi padre me confesó su preocupación por poner en peligro la decencia de nuestra familia, pero siempre supe que ni él ni mi madre serían capaces de rechazarme como hijo.

Fue más tarde, cuando algunos años después nuestra pareja resultó ser estable y feliz, el momento en el que mis padres mostraron afecto tanto por mi marido como por mí.

En mi vida profesional, tomé la decisión. sin ser explícito con los demás, no ocultar mi vida personal. Y creo que fue esto lo que me dio la suficiente fuera como para ser fiel a mí mismo, y esta resultó ser la mejor actitud.

Por último, con mis amigos decidí ser totalmente abierto y si ello hacía que perdiese algo me prometí no arrepentirme de ser quien soy.

Consejo para mi yo joven: Estudia mucho, explota todas tus capacidades, no tengas miedo ni seas ingenuo. Actúa con los demás como te gustaría que los demás actúen contigo. No dejes de rendir homenaje a la libertad, la igualdad y la fraternidad. Sé tolerante, abierto y respetuoso con cualquier persona. Sé firme en tus convicciones y mantén siempre tu sentido crítico. No dejes jamás que ningún libro ni ninguna persona te digan cómo debes pensar, o en qué debes creer.»

Maxime por su parte, declara lo siguiente: «Ser gay significa ser quien soy y ser sincero al respecto. Si existen personas que no lo aceptan, lo siento, pero ese es su problema, no el mío.

Afortunadamente vivimos en una sociedad en la que esto es posible. Me resulta muy triste pensar que hay jóvenes que no pueden vivir libremente, tener una relación o incluso relaciones sexuales sólo por la estupidez de las personas que les rodean.

Para mí ser gay supuso una gran apertura en el mundo. Te das cuenta de que ser diferente está bien y por eso mismo antes de juzgar a los demás lo piensas dos veces. Esto nos dio una vida más rica a mí y a mi marido pues tenemos amigos de todos los colores y culturas. Con 69 años casi 70 no me arrepiento ni de un minuto de mi vida gay. Tengo que decir que he compartido esa vida con alguien a quien he amado durante 45 años y con alguien a quien amo cada día más. Muchas personas dicen que el amor se transforma en afecto a medida que envejeces. Puede que sea así, pero la parte del amor no ha desaparecido en lo que a mí respecta.

Creo que mi principal desafío ha sido construir una relación con mi marido Henri día a día. Algo que no siempre resulta fácil, aunque a veces pienso que estábamos destinados para pasar nuestra vida juntos. Y es que nuestros errores y diferencias nos han ayudado a crecer mucho. ¿Dónde habría diversión si ambos fuésemos absolutamente iguales y no tuviésemos defectos?

Mi profesión y mi trayectoria profesional también fueron un desafío. Trabajé en algo que me gustaba y me pagaron bien. Incluso he tenido la suerte de trabajar con diferentes personas a lo largo de Europa y eso supuso un gran enriquecimiento personal.

Por último también resultaba importante contar con una vida en común que fuese dinámica y que no nos obligase a vivir encerrados en nosotros mismos. Teníamos que intentar poner nuestra pequeña piedra en el templo de la humanidad. Yo y mi marido no pertenecemos a ninguna religión pero tendemos la certeza de que resulta imprescindible tener valores y luchar por ellos a todos los niveles. El lema francés «Libertad, igualdad, fraternidad» es algo por lo que todo ser humano debería luchar. Desde luego, nosotros hemos tratado de luchar por estos ideales con nuestros compañeros homosexuales.

Creo que supe que era gay hacia los 14 o 15 años. Estamos hablando de finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Las cosas entonces no eran tan fáciles como ahora. En aquellos tiempos la homosexualidad seguía estando penada por ley en la mayor parte de europa. Además mis padres no eran intelectuales por lo que no estaban culturalmente preparados para tener un hijo homosexual.

Lo cierto es que yo siempre lo acepté con facilidad. No fingí tener novias y mi vida comenzó en mi época universitaria, aunque no con compañeros de aula, sino con los hombres que conocía en los bares. Mis escapadas a otros países de Europa como Holanda o Alemania, me sirvieron mucho para aprender nuevos idiomas, pero también para desahogarme sexualmente.

A medida que fui trabajando con personas más liberales me fui volviendo una persona más abierta y lo comuniqué a mis padres al conocer a mi esposo Henri. Esto ocurrió en la década de los 70. Le invité a almorzar con mis padres (por separado) aunque no creo que llegasen a entenderlo en aquel momento.

Afortunadamente ni yo ni mi marido proveníamos de familias especialmente religiosas. Después de tres o cuatro años empezamos a ser considerados cada vez en mejor posición por nuestras familias. A partir de entonces nadie (ni familiares ni amigos) consideraron la posibilidad de invitar a uno de nosotros a un evento sin invitar al otro.

Es verdad que lagunas personas no lo aprobaron pero vivimos en un mundo de corrección política, en el que nadie (ni en Bélgica ni en nuestro lugar de trabajo) se atrevió a expresar una desaprobación de forma directa.

Consejo para mi yo joven: ¿Consejo? ¡No sigas ningún consejo! ¡Piensa las cosas honestamente! ¡Vive tu vida! Si Henri se cruzase en otra vida, creo que me enamoraría de él nuevamente y estaría listo para comenzar de nuevo.»

Con información de http://thegaymenproject.com/