Con sólo 16 años y poco tiempo después de haberse declarado homosexual, Nathaniel Hall perdió su virginidad, pero para su desgracia en esa primera experiencia contrajo el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH).

Un cóctel explosivo de emociones como el miedo, la vergüenza, la culpabilidad o el arrepentimiento le hicieron mantener el diagnóstico oculto a sus seres queridos durante los siguientes 14 años de su vida.

No fue hasta el pasado año que tuvo que volver a salir del clóset o del armario por segunda vez en su vida de forma pública mediante un libro donde reveló lo que significó para él crecer como homosexual al mismo tiempo que seropositivo.

¿Su objetivo? Poner el VIH en el centro de un debate necesario para la sociedad. En su libro podemos encontrar cómo vivió tener el virus siendo un niño y cómo pudo cargar con ello en silencio y en la soledad más absoluta.

El inicio de todo: Un romance de verano con un hombre que era mayor que él

Según cuenta, supo que era homosexual cuando tenía 13 años. Corría el año 2003. Un año, donde la homosexualidad era concebida de una forma muy distinta a la actual. En aquellos momentos había un aire de secretismo alrededor de la orientación sexual y por ello no sólo existía más represión sino también costaba más descubrir quién era gay.

De repente apareció ese primer hombre en su vida. Él entonces tenía 16 años y aquel hombre había sobrepasado considerablemente los 20. Poco a poco se sintió protegido y valorado por un hombre bastante mayor que él, algo que le hizo caer en sus brazos. Sin embargo, esta relación no fue estable y ni siquiera llegó a sobrepasar los dos meses. En realidad, fue un amor de verano para después alejarse el uno del otro y hacer caminos diferentes.

«Tenía poco más de 17 años cuando recibí el diagnóstico que cambió mi vida. Me sentí como si me hubiera atropellado un autobús. A pesar de que el equipo médico fue realmente cercano y amable, no puedo recordar mucho de aquel día. Fui a casa y sentí durante el trayecto que necesitaba tomar una decisión. La tomé rápido. Esa decisión marcaría mi vida posterior. Subí a mi habitación, cerré la puerta me quedé en silencio y enterré todo aquello a mi más estricta intimidad sin que mi familia pudiera sospecharlo jamás. Cuando recibí la noticia sentí la sensación en mi cuerpo de ser arrollado con bastante fuera por un autobús. Lloré bastante y me dijeron que tenía una esperanza de vida de 37 años aproximadamente. Yo no pude digerir todo aquello y necesité asesoría psicológica, la cual solicité en mi universidad.

Creo que la vergüenza es lo más difícil. Yo nací, como cualquier gay, en un mundo heterosexual en el que estás acostumbrado a escuchar que lo que haces moralmente es sucio y que deberías avergonzarte. También se te graba la idea en la cabeza de que vas a ser castigado por ser como eres. En el momento de recibir el diagnóstico tuve la sensación de volver a una realidad abrumadora.

Cuando estaba en la escuela sólo había recibido un ejemplo de una relación gay en la asignatura de educación sexual. Se trataba de un vídeo en el que aparecía un hombre homosexual que aparecía muriendo de sida. Poco a poco me doy cuenta de que todo ese sentimiento de inferioridad, ser inmorales o ser personas incorrectas ante los ojos de Dios, no era algo que viniese de mi familia, sino que provenía de todos sitios. Incluyendo la sociedad y el colegio.


Necesitaba contar a mi familia que tenía VIH pero no sabía cómo

Mi vida empezó a cambiar y poco a poco yo con ella. Llegó un momento clave, después de una fiesta. Estuve dos días sin llegar a dormir y llegó un momento en el me observé frente a un espejo y no logré reconocerme en él. Había recurrido a las drogas y al alcohol para esconderme de lo que entonces era mi vida. Sin embargo, habían empezado a perjudicarme de verdad. En realidad, no se trataba de drogas duras, sino de la mezcla de medicamentos y alcohol con el objetivo de reducir mis niveles de ansiedad.

Me di cuenta entonces de que lo que necesitaba era contarle a mi familia todo lo que me estaba ocurriendo. Lo había intentado muchísimas veces, pero mi voz jamás llegó a brotar y no fui capaz de contarle a mi familia lo que me ocurría. Fue entonces cuando me refugié en la escritura. Me puse a escribir y así pude darle sentido a las cosas que me habían pasado a través de las letras.

Decidí entregarle una carta a mis padres y hermanos. Aunque su redacción me llevó bastante tiempo, es cierto que después de escribirla me sentí muy tranquilo. Aproveché esa sensación de relax para introducir la hoja de papel dentro de un sobre y enviarlo antes de que pudiese cambiar de opinión.

Afortunadamente, la respuesta de mi familia no fue tan terrible como pudiera serlo. De hecho, de alguna forma fue previsible. Mi madre vino a visitarme el día siguiente y charlamos. Ella me dijo que estaba molesta al descubrir que había luchado yo sólo durante tanto tiempo en silencio.

En realidad tengo que reconocer que sentí cierta homofobia interiorizada como la que muchos hombres homosexuales sienten. A ello había que sumar el miedo, la vergüenza, la culpabilidad…

Desde que descubrí aquel diagnóstico, recuerdo levantarme cada mañana con un nudo en el corazón. Después de sincerarme, me he sentido mucho más ligero y mucho más fuerte para afrontar las cosas y al ansiedad que se había acumulado durante tantos años.»

La obra de Nathaniel Hall se titula «Mi primera vez» y trata de poner sobre la mesa una historia de vida realmente especial. Por un lado, su misión es dar apoyo a aquellos jóvenes que se encuentren en su misma situación. Por otro lado, poner un debate encima de la mesa y eliminar prejuicios respecto al VIH de una vez por todas.