Matt y un extraño en el taxi

La brisa gélida se transformaba en diminutas moléculas de agua al entrar en contacto con los alientos de los transeúntes. El vaho se espesaba. Adquiría un cuerpo blanco y etérico que se mezclaba con la niebla desintegrándose. Esta a su vez discurría sibilina entre los callejones más angostos de San Francisco.
Matt caminaba con cierta inquietud. Se había reunido con su novio Scott para ver una comedia romántica en la sesión nocturna de Landmark’s Opera.

— Eh… ¿Hola? Necesito un taxi en Eddy Street.— Sostenía el teléfono móvil al tiempo que caminaba a paso firme. Su voz era débil y reflejaba cierta fatiga. Su novio Scott lo percibió y enseguida le rodeó con su brazo para protegerle del frío.— ¿Franklin Street? — Echó un vistazo a ambos lados de la calle con cierto nerviosismo. —Estamos a escasos metros de la intersección. De acuerdo. Muchas gracias, señor. — Se alejó unos centímetros de Scott liberándose de su brazo y creando cierta distancia entre ambos. A continuación prendió un cigarro.


— ¿Matt? — Inquirió Scott con cierto aire paternalista.


— ¿Qué?


— Lo has vuelto a hacer.


— ¿Hacer qué?


— Sabes de qué hablo… — Respondió con cierta resignación y una sombra de aflicción.


— No, no lo sé. — Dio una calada y observó a un matrimonio de mediana edad que cruzaba la calle.


— Claro… Claro que lo sabes. — Fijó la mirada en él. — Y también sabes que no me gusta.— Agregó con un tono más sombrío.
Ambos continuaron en silencio, hasta que Scott no pudo evitarlo:


— Estoy harto de que te avergüences de mí. Estoy cansado. No lo soporto y no es la primera vez que hablamos de esto. ¿Qué tienes que esconder? ¿Ante quién? ¡Respóndeme!


— Sabes que todo esto es nuevo para mí. El taxi va a venir de un momento a otro. Fuera de este barrio no puedo exponerme. Punto y final.

— Volvió a dar una nueva calada mientras observaba al frente.


— Tienes dieciocho años… — suspiró— Ya no eres un crío y debes aprender a vivir sin miedo. — Ojalá pudiese ser un poco más específico e indicarle cómo se hacía eso, porque lo cierto es que Matt no lograba conseguirlo. Ese temor a ser descubierto y juzgado por ser gay era una sombra en su vida. — Ojalá alguien me hubiese dicho a mí todo esto cuando era un adolescente. Te aseguro que eso habría cambiado muchas cosas en mi vida. — Continuó Scott. Su mirada destiló un brillo melancólico.


— No eres justo. — Le devolvió la mirada. — El taxi está justo ahí. Adiós.
Matt aceleró el paso dejando atrás a su chico y se perdió en la niebla.

Había decidido que Scott no interfiriese en su proceso de adaptación a aquello. ¡Era la primera vez que tenía algo más que amistad con un hombre! Sí, sabía que tarde o temprano debería aprender a vivir sin pensar en los demás, pero aún no sabía como hacerlo. Necesitaba tiempo y espacio, Scott tenía que entenderlo.

El taxi ya había iniciado su recorrido y una voz penetrante le atravesó.


— ¿A dónde te diriges?


— A Outer Sunset, señor.


No había reparado en el olor que impregnaba el interior del vehículo hasta ahora. Era un aroma altamente masculino que rápidamente despertó su curiosidad. Presentaba un aspecto rudo, descuidado, pero al mismo tiempo atractivo. Su cara se sumía en la oscuridad de forma intermitente a medida que iban atravesando un túnel subterráneo. Ese hombre era extrañamente magnético.


— Tendré que hacer una parada. — Señaló con su enorme mano el medidor de combustible del salpicadero.


— Oh, está bien. — Matt sacó el teléfono móvil de su cazadora, y tal como esperaba, tenía un mensaje de Scott. «Esto se ha acabado. No vuelvas a llamarme.» En realidad, aquello era lo último que esperaba. Suponía que, como tantas otras veces, su pantalla iba a centellear en mitad de la oscuridad con la voz aterciopelada de Scott en forma de texto: «Siento haberte presionado, cuando regreses a casa avísame», pero eso no sucedió. No esta vez. De repente le envolvió una sensación de vacío y tuvo que hacer un esfuerzo para contener las lágrimas. Intuía que no volvería a verle, Scott tenía más de cuarenta y no era precisamente un hombre de medias tintas. Con un pulso inestable acertó a escribir «No me hagas est…», pero antes de que pudiese enviarlo su teléfono ya se había apagado. «Genial, sin batería», pensó Matt mientras su mirada se perdía en los edificios devorados por la oscuridad.


— ¿Vives en Outer Sunset, muchacho? — Preguntó con la mirada fija en la carretera aquel extraño.


— Sí, allí mismo.


— No deberías venir solo a estos lugares.


— En realidad no estaba solo. Estaba con alguien. — Respondió con cierta debilidad.


— ¿Un amigo?


— Sí, señor.


— Este barrio está lleno de maricones, yonkis y prostitutas. No es buen sitio para alguien de tu edad. — El tono despectivo de su voz le sorprendió.

Matt no supo cómo responder a aquello. El silencio se instaló en aquel coche a partir de entonces. Mientras tanto las calles iban desvaneciéndose y abriéndose a un paisaje cada vez menos urbano. Donde antes había edificios ahora se extendían arboledas sombrías, arbustos salvajes bañados por el brillo de la luna. Fue entonces cuando el coche se detuvo. El conductor bajó a repostar. Era una gasolinera autoservicio que estaba situada a las afueras de la ciudad, junto a la autopista. Estaba desierta y sólo débilmente iluminada por un pequeño y antiguo cartel luminoso de color verde que se apagaba y encendía de forma intermitente.

La inquietud se había apoderado de Matt. Decidió seguir los movimientos del conductor. Podía observarle por el espejo retrovisor que había junto a su ventanilla. Aquel hombre se encontraba junto al depósito introduciendo el surtidor en la parte trasera del vehículo. Se había convertido en una enorme sombra que revelaba su rostro de forma fugaz: Sólo cuando el cartel luminoso se prendía.

Dos segundos de oscuridad precedían a uno de visión que revelaba una escena impregnada de un verde fluorescente casi quirúrgico. Matt no podía evitar sobrecogerse cada vez que se sumía en la penumbra. La figura del hombre se mantenía clavada en mitad de aquel paraje, volvió su mirada al interior del vehículo y descubrió una caja de condones en el salpicadero. Trojan XXL. Se sorprendió y la oscuridad volvió a envolverle. Una extraña sensación le estremeció. Cuando la ráfaga de luz volvió a impregnar el espacio de flúor pudo verle. Había girado la cabeza y le miraba desde el depósito. Su mirada se había clavado en la suya a través del reflejo del espejo. De nuevo penumbra. Dos segundos más tarde descubrió que el surtidor de gasolina no era tal, aquel hombre sostenía su miembro erecto. Se estaba masturbando mientras le miraba desde la oscuridad. Matt no supo qué hacer. La excitación comenzó a embriagarlo. Cuando las sombras volvieron a envolverlo se llevó su mano al miembro y él también comenzó a palparse la entrepierna por encima del pantalón. Cuando la luz verde volvió a encenderse algo le sobresaltó. El conductor estaba ahora junto a su ventanilla, con su enorme miembro apuntándole directamente a la cara. Antes de que se volviesen a sumir en la oscuridad Matt miró a su rostro en una fracción de segundo. Sus miradas se cruzaron.

Casi a ciegas decidió abrir la puerta y encontrarse con él junto al vehículo. Un nuevo destello volvió a mostrarle la belleza agresiva de aquel hombre maduro, aunque esta vez más cerca.


Se lanzó a sus brazos y comenzó a besarle. Ambos se veían atrapados por una pasión especialmente siniestra. Sus latidos se apresuraban. Sus alientos se mezclaban. Se palpaban el uno al otro en mitad de aquel vaivén de luces metálicas que se disolvían una y otra vez en largos lapsos de oscuridad.

Ya de rodillas, Matt no pudo sucumbir a aquel miembro y se lo llevó a la boca. Los instantes en que se veía envuelto en sombras le ayudaron a sentirse menos cohibido. Lo devoró. Estaba extasiado. De repente un sonido metálico despertó su curiosidad en plena oscuridad. ¿Qué tenía aquel hombre en la mano? Cuando regresó aquella luz verdosa sus pupilas se dilataron al comprobar que había accionado el percutor de una pistola que apuntaba a su cabeza. Tan sólo acertó a decir « ¡Oh, no! ¡Por favor, no! ».

— Sigue chupando. — Respondió con desprecio el conductor.


— ¡Por favor, no me mates! ¡Por favor!


— Sigue chupando, joder. — Acto seguido le golpeó con la culata violentamente en la cabeza. — Hazlo.

Decidió obedecer y continuar practicando sexo oral, aunque esta vez lo hacía temblando y sin poder impedir que las lágrimas inundasen su rostro de puro miedo.


¿Y si todo aquello no era más que una escenificación extraña para cumplir una especie de fetiche? ¿Una especie de fantasía sexual con una pistola falsa para entrar en situación, quizá? Quería creerlo, pero en el fondo no podía. Había escuchado el sonido de aquel revólver. Aquello había sonado demasiado real. Casi tan real como la masculinidad depredadora de aquel hombre y la excitación que despertaba en él.


Alcanzaba a escuchar los gemidos de aquel psicópata al tiempo que sentía como acariciaba su sien con la punta de la pistola. Matt ignoraba las reglas de aquel juego improvisado. En el momento en que su siniestro amante alcanzase el orgasmo apretaría el gatillo. La luz verde le devolvió unos ojos diabólicos, inyectados en sadismo. Volvió la oscuridad, y con ella el miedo. El destello otra vez y esa mirada enfermiza. Oscuridad. Gemidos violentos. Luz. Violencia. Oscuridad. Gemidos. Luz. Orgasmo: Un torrente de semen impactando contra Matt. Una bala atravesando su cabeza.

A varios kilómetros de allí, Scott se siente solo. «Te extraño. Vuelve conmigo», envía vía whatsapp. Aquel mensaje jamás llegó. El cuerpo inerte de Matthew desapareció sin dejar rastro.

AVISO: Los relatos que componen la sección de terror pertenecen al autor que colabora con esta revista. Los derechos de difusión o edición no son de esta revista y sólo le pertenecen a él. No está permitido distribuir sus contenidos sin permiso expreso del autor.

Sin categoría

The Stonewall

The Stonewall. Revista de Contenidos LGBTI en España.