Un fuerte golpe le despertó. Al abrir los ojos se encontró con una escena macabra. Sus manos estaban esposadas en la cama y casi no podía respirar, pero no sólo eso: Un hombre le estaba violando. La última imagen que tenía en su memoria se correspondía con la noche anterior: Estuvo tomando algo con un hombre desconocido en un local. Fred, que así se llama, aquella noche logró liberarse de las ataduras para huir asustado y aturdido a una comisaría. Sin embargo, la justicia no estuvo de su parte. Su violador, Richard Rogers, declaró ante el juez que había sido algo consentido. ¿Las consecuencias? Absolución y completa libertad.

A partir de aquella noche este agradable y pacífico enfermero especializado en pediatría inició una espiral de violencia que le valdría el apodo de ‘Last Call Killer’. Este asesino en serie gay se convirtió en una sombra terrorífica que vagaba libremente por la ciudad de Nueva York. A lo largo de su historial, protagonizó violaciones, actos violentos de todo tipo y asesinatos. Llegó a desmembrar y descuartizar a cuatro hombres gays durante la década de los 90. Lamentablemente, su captura fue bastante tardía. Las autoridades tardaron una década en atraparle.

Reconoce su primer asesinato y lo absuelven

Aunque existen muy pocos datos acerca de su vida, se sabe que Richard Rogers nació hacia el año 1950 en Plymouth (Massachusetts). Fue el mayor de cinco hermanos y nació en el seno de una familia de clase media-baja. Se mudó a vivir a Florida a la edad de diez años y ya el siguiente dato que se tiene acerca de él es lo que sería su primer asesinato. Lo perpetró en Maine cuando tan sólo tenía 22 años.

El asesinato

La documentación judicial deja constancia de lo que sucedió aquel día. Richard Rogers sorprendió en su apartamento al joven Frederic Spencer. Por lo visto, hubo un encontronazo y en mitad de la discusión Richard le asestó ocho martillazos en la cabeza al joven. Además, la cosa no quedó ahí porque después cogió una bolsa de plástico y se la puso en la cabeza para asfixiarle. Una vez le hubo quitado la vida, decidió llevar el cuerpo a las profundidades de un bosque y se dirigió con frialdad a la universidad para continuar con su rutina diaria. Sin embargo, unos dos días después un grupo de ciclistas encontró el cuerpo de la víctima. Frederic llevaba en su bolsillo una copia de la llave del apartamento de Rogers, y fue gracias a eso que pudieron identificar al asesino.

Un dispositivo policial se presentó en la casa de Rogers y allí con total tranquilidad dio su versión de los hechos. Según él, Frederic se había introducido en su casa por la fuerza para robarle y agredirle. A él, no le quedó más remedio que matarle en defensa propia. Dicha argumentación convenció al tribunal en el juicio y le absolvieron por homicidio involuntario.

Después de su graduación, Rogers decidió mudarse a Staten Island, en Nueva York. Allí decidió iniciar sus estudios superiores para especializarse en enfermería. Al poco tiempo consiguió empezar a trabajar de forma fija en el prestigioso Hospital Monte Sinaí. Ese sería su lugar de trabajo durante más de 22 años y donde se especializaría en enfermería pediátrica para niños con problemas cardiovasculares. Según cuentan sus compañeros de trabajo y todos aquellos que le conocían, era un hombre “amable, pacífico y afable. El tipo de vecino que cualquier persona desearía tener”. Su primo por su parte, declaró que hasta entonces lo veía como “una persona corriente, bastante meditativa, con buenos hábitos y una vida social saludable”.

Absolutamente nadie más allá de sus víctimas podría saber que detrás de esa apariencia de benevolencia, madurez y civismo, se encontraba un monstruoso asesino en serie que estaba empezando a emerger. 

Ya hacia 1988 intentó llevar a cabo su segundo asesinato. La víctima fue Fred Lero, y tenía 47 años de edad. Sin embargo, afortunadamente logró escapar. Después de ser drogado, encadenado y violado por Rogers en su casa. Aunque Fred trató de dejar constancia, la justicia una vez más hizo caso omiso y dio la razón a Richard. Asunto cerrado.

Y es que, este ciudadano modelo utilizaba una voz dulce y aterciopelada. Se mostraba delicado, callado, amable. Solía cantar habitualmente melodías románticas en pianos bar y locales gays de Nueva York como ‘The Townhouse’. Un ciudadano del que nadie podría sospechar, con grandes dotes de persuasión, que iniciaría una verdadera cacería de hombres gays de mediana edad y la extendería durante más de una década.

Frederic Spencer – Su primera víctima

El victimario

Fue precisamente en ‘The Townhouse’ a inicios de mayo de 1991, cuando Peter Anderson desapareció de las calles de Nueva York sin dejar rastro. Era un banquero que se había desplazado a Manhattan por temas de trabajo. Una noche acudió al local y nada más se supo. Su esposa, preocupada por su desaparición, formalizó una denuncia y pocos días después encontraron su cadáver envuelto en una bolsa de plástico dentro de un cubo de basura cerca de una autopista. 

Presentaba numerosas puñaladas, le habían arrancado el pene y se lo habían introducido en su propia boca. Además, el examen forense descubrió huellas dactilares aunque al tratar de cotejarlas el banco de datos no arrojó ningún tipo de coincidencia.

Tan solo un par de meses más tarde, Rogers volvió a cometer un nuevo asesinato. La víctima: Thomas Mulcahy. También un hombre de negocios que había conocido en el mismo local. Tras haber pasado dos días desaparecido, el personal de mantenimiento de una gasolinera encontró su cabeza en una bolsa de plástico. Su cuerpo, desmembrado y troceado, había sido distribuido en bolsas de plástico por varios contenedores en diferentes gasolineras.

A pesar de que un testigo ocular de esa noche describió con detalles al agresor, a pesar de que encontraron sus huellas dactilares (aunque no podían relacionarlas con él), a pesar de que encontraron otras pistas como una caja de guantes de látex de la marca CVS, no hubo resultados concluyentes. 

Un año más tarde, se descubrió el cuerpo de una nueva víctima. Un escort gay llamado Anthony Marrero, desaparecido hacia mayo del año 1993. El cadáver estaba apuñalado y descuartizado. Rogers le partió en varios trozos y los distribuyó en seis bolsas de basura distintas en el interior de un bosque de Nueva Jersey. Sus huellas dactilares volvían a coincidir con las que aparecían en los cuerpos de las anteriores víctimas, pero una vez más, no coincidían con ninguna persona registrada en las bases de datos.

Su último asesinato tuvo lugar cuatro meses después. Esta vez le tocó a Michael Sakara, un compositor que también había acudido a un piano bar en el que Rogers también se dejaba caer a menudo. La última vez Sakara fue visto en su compañía. Después ya era un desaparecido.

Todos los testigos, una vez más, describieron en sus declaraciones un perfil de hombre muy parecido al aportado anteriormente. Cuando un ciudadano encontró parte de Sakara descubrió su cabeza y sus brazos dentro de una bolsa de plástico. Cuando se encontró el resto de bolsas la policía científica detectó un modus operandi similar: Traumatismos y numerosas puñaladas.

Además, el victimario estaba compuesto por hombres con un perfil muy determinado: Mediana edad, forasteros y visitantes de locales de encuentro entre hombres gays. Eso también parecía indicar que detrás de ellos se encontraba la misma persona. Además, debía ser gay, porque los abordaba en bares de ambiente. Richard conversaba con ellos dulcemente. Más tarde los invitaba a su casa para intimar. Detrás de todo aquello sólo había un objetivo: Robarles la vida.

La esposa de una víctima lucha por encontrarlo

Una vez se habían conocido los detalles de los asesinatos en serie, diferentes jurisdicciones policiales comenzaron a colaborar unidas para identificar de una vez por todas al artífice de aquellas atrocidades. Retratos robot orientaron las sospechas hacia un trabajador de hospital que no era Rogers.

Ante la falta de pruebas, la investigación se detuvo hasta el año 2000. Momento en el que la viuda de Mulcahy insistió en reabrir el procedimiento para encontrar al responsable del asesinato de su marido. Fue entonces cuando se envió el registro de las huellas dactilares a la base de datos de diferentes estados. La evolución tecnológica que sufrió el sector de la criminología, permitió identificar la primera coincidencia.

Los archivos relativos al primer asesinato de Rogers (en el que alegó defensa propia). Ahí había quedado constancia de sus huellas y además lo habían relacionado con un asesinato. Al fin descubrieron que detrás de este ciudadano ejemplar se encontraba el terrorífico asesino apodado ‘Last Call Killer’ (llamado así porque acostumbraba a abandonar los locales con desconocidos bastante ebrios cuando estaban cerrando).

Fue detenido en mayo de 2001 en el hospital, mientras un dispositivo policial registraba su vivienda en Staten Island. Allí pudieron encontrar otras pruebas: Un potente somnífero, fotografías de hombres con heridas y cortes, así como fibras sobre la alfombra que coincidían con las del cadáver de Mulcahy. Esto sumado al silencio del acusado, hizo que le condenasen con una fianza de un millón de dólares. 

Lamentablemente, en su juicio celebrado en 2005, únicamente fue acusado de dos de los cuatro asesinatos. Del resto no, según se refleja en las actas, por falta de pruebas.

El fiscal declaró que las víctimas fueron desmembradas con un cuchillo y una sierra de una forma muy precisa por un “ser humano malvado”. Por su parte, Rogers defendió su inocencia hasta el último momento pero no le sirvió de mucho porque fue condenado a cadena perpetua con derecho a libertad condicional en 2066, cuando tenga 116 años.