Johnny López es un escritor y activista que vive en Los Ángeles. Durante su vida pudo sentir el peso de la homofobia y la discriminación. Ya en su niñez la sociedad se encargó de hacerle comprender que «había algo inaceptable en él». ¿Te suena esto? Johnny ha hecho una reflexión realmente útil y reveladora que estamos seguros que puede ayudar a sanar a una gran cantidad de hombres, adolescentes o incluso niños. Hoy recordamos su increíble reflexión sobre la palabra que a muchos de nosotros nos atormentó durante nuestra infancia.

Maricón es una palabra que ha condicionado la vida de muchos jóvenes y en muchas ocasiones se ha convertido en un eterno fantasma durante su vida adulta.

Durante mi infancia lo escuché por primera vez cuando estaba andando por la calle. Lo oí en la boca de personas que ya conocía. Lo escuché incluso en televisión. Cada vez que escuchaba esa palabra, aunque no fuese pronunciada directamente contra mí, tenía un poder absoluto sobre mi persona. Lograba que me sintiese automáticamente pequeño, insignificante, avergonzado. Quizá incluso menos que eso. Si alguien me preguntase hoy por la palabra que marcó mi vida, estoy seguro de que ‘maricón’ sería una de ellas.

Durante el tiempo que permanecí dentro del armario, la palabra ‘maricón’ se aseguró de que permanecise oculto, escondido y sumido en la más detestable oscuridad. Esta simple palabra me logró mantener bajo su propio control y su presencia dentro de mi mente me hacía estar en un constante estado de alerta en el que me solía llegar a sentir miserable, casi menos que ser humano.

Además, esta palabra siempre se aseguraba de que las personas que estaban en mi propio entorno me castigasen cada vez que me expresaba con demasiada naturalidad o intensidad, también cada vez que decidía jugar con las muñecas de mi hermana o cada vez que decidía pasar más tiempo con chicas que con chicos. Incluso podía ser peor. Esa palabra me amenazaba constantemente con avisar a mis padres sobre mi oscuro y ruin secreto.

La gran guerra que mantuve en mi interior con esa palabra se extendió durante varios años, por supuesto, sin dejar de arrebatarme la alegría, el amor, la ilusión y el romance.

Sin embargo, un día sentí que no podía más y decidí rendirme ante ella. Respiré profundamente y caminé hacia mis padres profundamente desgastado y simplemente exhalé: ‘Soy gay’. Fue increíble la gran liberación que sintió mi cuerpo y mi alma tras pronunciar esa frase. A continuación un diluvio de lágrimas cubrió mi rostro y me deshice en los brazos de mi madre. Inocente de mí, pensé que ya había conseguido cruzar al otro lado y que definitivamente, había logrado algo tan difícil: Ser libre.

Como sabrás, el proceso de salir del armariio no es algo rápido o instantáneo. Por el contrario, es un proceso gradual que se extiende en el tiempo y que va mucho más allá del día que decides declarar las palabras mágicas: «Soy gay». A mí me llevó varios años poder reunir la suficiente fuerza como para poder aceptar mi propia realidad y compartirla con los demás. Sin embargo, fueron muchos más años los que tuve que aprender a detectar y eliminar esa vergüenza latente, casi escondida y residual. La famosa homofobia interiorizada y los sentimientos que me hacían verme indigno inconscientemente y que de hecho provenían de esa misma palabra.

Aún tras luchar tanto durante los últimos veinte años, viviendo el mejor momento de mi vida y siendo el auténtico «yo», descubro que la sombra de mi captor aún estaba presente en mi vida. Esa palabra continuaba ahí. Aún podía escuchar su voz obligándome a oscurecer mi luz propia para que los demás se pudiesen sentir más cómodos con mi presencia. Aún esa palabra seguía dentro de mí. Podía seguir oyendo esa voz en mi fuero interno insultándome: Maricón.

Fue por eso por lo que este año decidí finalmente decir: ¡Se acabó! ¡Nunca más voy a estar sometido ante la palabra que destruyó mi infancia! Se terminó para siempre esa palabra que continúa robándome mi vida como adulto. Se acabó esa sensación de sentirme pequeño, avergonzado y por debajo de los demás. Las palabras tienen poder. Sin embargo… ¡Yo también lo tengo!

Este año elegí reclamar la palabra para mí y recuperar mi tiempo bajo su tormento. ¡Este año, maricón, elegí ponerme de pie con mis calcetines arcoíris y finalmente ser dueño de ti!